07 Oct
2013

Genocidio y aislamiento

 

Un siglo atrás, José Santos Machicado anotaba en un cuento titulado Tres días en el bosque: “No es admisible que los Toromonas se hubiesen abstenido de lanzar los alaridos y gritos que tienen de costumbre, al tomar una presa o sorprender al enemigo, y que esos gritos no llegaran a tan corta distancia del pueblo”. (1) La densidad de imágenes que transmite este párrafo pinta toda la mentalidad de una época: cuando el positivismo imperaba en las cabezas, los fusiles “winchesters” estaban siempre al alcance de la mano y una ambición sin freno por obtener riquezas sacudía la selva amazónica: eran los años del auge capitalista por la extracción del caucho (1880-1914).

Hay toda una visión romántica e idealista sobre este periodo tan dramático y, a la vez, poco indagado de la historia contemporánea que signó a las regiones boscosas de varios países sudamericanos.

Si bien puede ser comprobable la influencia que tuvo la extracción de hevea en la integración territorial de los larvarios estados-naciones recostados en el espinazo andino —que, como contrapartida, también precipitó la consolidación del coloso brasileño—, esto no puede ni debería opacar el enorme y terrible costo social que dicha actividad económica trajo aparejado.

En defensa de la dignidad de los sobrevivientes y de sus herederos actuales y en homenaje a la memoria de quienes fueron masacrados por acción violenta o por la misma extenuación en las labores a las que fueron sometidos y condenados, hay que afirmar que lo que hubo en la Amazonía continental a finales del siglo XIX y principios del siglo XX fue, lisa y llanamente, un genocidio.

Los nombres de esos “pioneros” e “industriales” a los que recuerdan provincias, poblados, billetes y monumentos no son más que el testimonio de una grave omisión histórica: la del reconocimiento pleno de las culturas de la Amazonía que habitaban originalmente esos territorios y la revisión de esa lectura del pasado que no es más que la perpetuación de los agravios sufridos. En la Amazonía continental — cuya economía sigue siendo, en gran medida, feudal o de factoría — persiste un colonialismo interno vergonzoso de parte de grupos oligárquicos y/o empresariales.

Pando — ex Presidente de Bolivia — escribió en su Viaje a la región de la goma elástica (1894), todo un credo: “No es empresa fácil el de atacarlos en sus caseríos y perseguirlos en el bosque, y sólo con el auxilio de perros, la pericia de hombres habituados al monte (…) se puede sorprenderlos y dominarlos (…)”. El uso de canes nos remite a la conquista española del Caribe y de los Andes y el terror que causaban entre los naturales y los vejámenes que se cometieron con ellos. Pura y dura cacería de indios. El libro también incluye menciones de las “hazañas” que protagonizaban algunos personajes: “El señor Mouton, cuya intrepidez se ha puesto otras veces a prueba (…) logró alcanzar y sorprender a los salvajes (Guarayos) cuya tribu exterminó casi totalmente, pues fueron sólo dos niños que consiguieron huir”.

Muchos extranjeros — en medio de ese clima donde la ley dominante era la del más fuerte — destacaron por su sadismo. En 1914, el naturalista sueco Erland Nordenskiöld recogió historias terribles. Un francés había tomado niños prisioneros de una aldea indígena. Acampó con su gente en alguna orilla del curso alto del río Madidi. “Los niños chillaban y no se los podía hacer callar. Por miedo a que los chillidos atrajesen a los indios, tomó a los niños por las piernas, uno tras otro y les reventó la cabeza contra el suelo”. Luego agrega: “A lo largo de las barracas gomeras del río Beni hay varios chama que fueron vendidos por los cazadores de esclavos”. Chama y Guarayo son dos denominaciones para la misma etnia: los Ese Ejja.

La ideología que llevó adelante el genocidio resulta infamante de sólo anotarla: “El salvaje es una fiera que cuando se enoja acomete sin distinción y a la fiera hay que darle caza (…) lo propio acontece en el río Madera con las tribus de Parintintines y Caripunas, todos los años suceden ataques, obligando a los industriales a perseguirlos y abatirlos heroicamente”. Esto está escrito en La Gaceta del Norte, el periódico fundado por Vaca Diez, y está fechado en su barraca Orton, el año de 1888, en pleno auge de esa orgía despiadada y opresiva que tan bien recuerda a ese Congo de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, un libro clásico que retrata el horror vivido por los pueblos del África Negra frente a la misma pesadilla: la irrupción del capitalismo en las selvas.

Ante esta situación desesperante, las tribus de la Amazonía buscaron refugio al interior de los bosques, alejándose de los grandes ríos por donde penetraban los invasores, escapando de una muerte segura y buscando asegurar su libertad, su independencia y su modo de vida tradicional.

El mismo Nordenskiöld planteó ya el dilema ético del contacto con la “civilización” en esos años de desprecio absoluto por el otro.

Sucedió que un indio chama llegó en busca de su hijo que estaba trabajando en Cavinas, cerca a la desembocadura del ya mencionado río Madidi. Pensando en el niño, y si el padre haría mejor en retornarlo con él, anotó: “En las barracas gomeras será un peón más, tendrá que trabajar toda su vida para otros a cambio de un sueldo minúsculo y para tener comida y ropa. Aprenderá a emborracharse. En la selva a veces hay hambre y a veces abundancia. Nunca se sentirá a salvo de los blancos y quizás tampoco de otros indios. Tal vez tenga que vivir como un animal acosado, pero será dueño de sí mismo”. Frente a las dos opciones, Nordenskiöld se contesta sin vueltas: “Si yo fuera el chama, me llevaría al niño”.

La profecía del sueco, se cumplió, con amplitud: la aculturación sufrida por las etnias amazónicas a lo largo de todo el siglo XX es, tal vez, la forma más triste de desaparición: en el silencio y la soledad de una cultura dominante que los niega.

El aislamiento salvó a pocos pueblos indígenas de la muerte violenta o de la asimilación invisible pero implacable. Ellos, los que fugaron y se aislaron, viven hasta hoy, ocultos en señalados lugares del bosque. El mundo — o mejor: el mundo representado por la ONU y contados gobiernos, como el propio gobierno boliviano — aprobaron leyes, resoluciones y medidas para protegerlos, para que los últimos pueblos indígenas en estado de aislamiento, no desaparezcan. Es preciso, urgente y prioritario que esas leyes se cumplan y se las haga cumplir ya que son sólo algunos los que se han enterado. Pocos los que comprenden. Y son muchos menos aún, los que sienten la hondura de este drama humano.

Notas: (1) Tomado de Cuentos Bolivianos, B. Herder, Friburgo de Brisgovia, Alemania, 1908. En el pequeño y delicado volumen, se aclara que el Sr. Herder es “librero-editor pontificio”. Esta joya bibliográfica que rescata la pluma precisa de ese anti liberal rabioso que fue José Santos Machicado, me fue cedido por Fernando Arispe. (2) Las citas de Pando y La Gaceta del Norte han sido tomadas de: María del Pilar Gamarra Téllez: Orígenes históricos de la goma elástica en Bolivia. La colonización de la Amazonía y el primer auge gomero, 1870- 1910. En: Historia, UMSA, La Paz, 1990, No. 20

Río Abajo, Bolivia, julio 2013, correo electrónico: pablocingolani@yahoo.com.ar

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