27 Ene
2016

Uno a uno van sumando los constantes bombardeos de “información” que responden a intereses políticos y económicos, como es el “debate” referente a los transgénicos, que en la coyuntura actual, cobra especial importancia.

No es la primera, ni será la última vez que se ven, seleccionan y emplean “científicos/as” que se ponen a disposición de las estrategias de manipulación de la opinión pública, expresando y emitiendo informes que bajo el argumento de la academia, la ciencia, y el renombre de ciertas instituciones, siembran dudas, niegan efectos secundarios, promocionan determinados productos y sus supuestos beneficios, creando confusiones que dan fuerza y promueven los intereses comerciales de determinadas empresas.

Recientemente, se han puesto en circulación múltiples artículos acerca de la biotecnología agrícola, y las promesas que ésta hace para Bolivia. Todos ellos tienen en común la promoción de la “milagrosidad” de los cultivos transgénicos, aunque claramente son verdades a medias las que prevalecen en ellos, por lo que las siguientes líneas tienen como propósito el desmitificar aquellas afirmaciones.

Considero importante comenzar aclarando que un Organismo Genéticamente Modificado (OGM) es cualquier organismo cuyo “material genético ha sido alterado de una manera que no se produce naturalmente en el apareamiento ni en la recombinación natural” (ACB, 2014). En agricultura, la mayoría de los OGM son cultivos a los que se han “añadido genes que permiten a un organismo tolerar ciertos productos químicos, o -en menor medida-, genes agregados encontrados en las bacterias del suelo que permiten al organismo producir ciertas proteínas tóxicas para las plagas de insectos” (RALLT, 2015). Es, por tanto, explícitamente un proceso artificial y complejo, cuyos efectos tanto en el medio ambiente, como en la salud, son enormemente nocivos, aunque en su mayoría, los resultados de “seguridad” (realizados por organismos reguladores estrechamente vinculados con las empresas de biotecnología del mundo) nieguen esto.

Sin embargo, ¿qué es –si no una prueba científica- la afirmación de la IARC (Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer, por sus siglas en inglés) en la que se clasifica al glifosato (ingrediente activo en la mayoría de los herbicidas empleados en los transgénicos) como posible carcinógeno humano? ¿Por qué no se hace un énfasis siquiera similar en la difusión de éste tipo de información?

Revisemos algunos datos de los países que se señalan como “ejemplares” en términos de desarrollo, y que actualmente llevan la delantera en el uso de biotecnología.

En Argentina, país que se ha visto asolado por las fumigaciones con glifosato junto con el uso de soja transgénica RR (resistente al herbicida glifosato), existe una exposición potencial al glifosato de 6 kilos por año por habitante, siendo ésta la más alta del planeta.

Uno de los informes encargados por el gobierno de la provincia del Chaco revela que la tasa de defectos de nacimiento se ha multiplicado por cuatro, y que la tasa de cáncer infantil ha sido triplicada luego de una década de adopción de cultivos transgénicos tolerantes a los herbicidas, en particular, al glifosato. Estos efectos motivaron a un grupo de médicos y científicos argentinos quienes, utilizando datos clínicos, hallaron una mayor incidencia de enfermedades hepáticas tóxicas, al igual que enfermedades de desarrollo neurológico, problemas en los/as niños/as, insuficiencia renal y problemas respiratorios (Fagan, Antoniou, & Robinson, 2014).

En Brasil, donde el consumo de plaguicidas lidera el ranking mundial, se reportaron efectos sobre la salud que van desde el daño agudo (gastrointestinal e hígado), así como enfermedades crónicas psiquiátricas (depresión, trastornos del desarrollo), neurológicas (sordera, enfermedad de Parkinson), los disruptores endocrinos (diabetes, hipotiroidismo, infertilidad, aborto involuntario), teratogénico (malformaciones, abortos), mutagénicas (induce defectos en el ADN de los espermatozoides y óvulos) y cancerígenos (mama, ovario, próstata, testículos).

Es indignante que el “escepticismo” financiado de estos profesionales sea incluso capaz de plantear la conveniente, irresponsable y descomprometida división y fragmentación (muy típica del capitalismo, modelo que mediante múltiples formas de acumulación por desposesión, nos han llevado hasta este momento tan crítico) entre el ser humano y lo referente a su entorno, la naturaleza, y en este caso, la biotecnología, como si no fuéramos nosotros/as parte del todo, o peor aún, como si algo tan delicado como lo es la alimentación no nos atañera. Es buen momento para preguntarnos, ¿es esto ético? ¿Al servicio de quién(es) se encuentran estas personas?

La ciencia, y el desarrollo de estas tecnologías destructivas se encuentran actualmente únicamente al servicio de la acumulación de capital, haciendo un uso irresponsable y abusivo de su poder, y convirtiéndose incluso en una amenaza latente para el bienestar humano y medio ambiental.

Se hace cada vez más necesaria una interpelación y un cuestionamiento serio del sistema económico actual, su ineficiente modelo de producción, y sus descarados medios de acumulación.

Es evidente que el modelo de producción de transgénicos está diseñado para los grandes productores, quedando los sistemas de producción agrícola campesinos –que sí incorporan saberes sobre el funcionamiento y ciclos de la tierra- suprimidos por completo. Recientemente fue publicado un trabajo de la Fundación Tierra, organización que viene investigando sobre el proceso acelerado de extranjerización de las tierras cruceñas.

Es urgente informar con responsabilidad a la población, para posteriormente abrir un debate transparente, que mediante procesos participativos incluya a la sociedad civil (como consumidores con el derecho de elegir) y a los productores en general, para analizar crítica y propositivamente las políticas de desarrollo, las maneras en que éstas se aplican, plantean, y evalúan, y cuáles son los propósitos de las mismas, dando paso a la construcción de una estrategia agroecológica basada en el respeto a la tierra, la sostenibilidad, la justicia y la vida.

Es prioritario que el segmento estudiantil comprenda y trabaje las capacidades críticas y autocríticas en su formación, que asiente su mirada sobre las necesidades y preocupaciones de su entorno, que sea capaz de edificar un compromiso y un vínculo ético con éstas, que conozca e indague nuevos paradigmas de producción agrícola, unos que mantengan armonía con la vida, la salud, y el medio ambiente, y que permitan hacer frente a los planteamientos tanto teóricos como metodológicos de una ciencia hegemónica, reduccionista, e inescrupulosa, alcanzando así un conocimiento íntegro de la realidad, nuestra realidad.

No podemos permitir ni dar paso a éste plan de exterminio organizado. No podemos ser cómplices de este monstruo que sirve de instrumento para nuestra dominación. Ya basta de saqueo y de mentiras. Esta resistencia no pende ni termina con la formulación de leyes o reformas, pues los verdaderos llamados a resistir somos nosotros, como sujetos políticos parte de una colectividad. No más financiarización ni mercantilización de la vida, es hora de hacerla respetar.

Por: Nohely Guzmán Narváez.

Print Friendly