27 Sep
2017

CARTA INÉDITA: Los secretos del patio de una prisión

26 de septiembre de 2017  

En la cárcel, Rosa Luxemburgo escribió muchas cartas, entre ellas cartas políticas, pero también cartas de amor y de amistad. “Los secretos del patio de una prisión” es una de las cartas más bonitas y poéticas de la revolucionaria. Rosa habla del día a día en la cárcel y demuestra su fascinación profunda por la naturaleza. Sin embargo, lo político también está presente   

http://rosaluxspba.org


Por Rosa Luxemburgo*

Dedico este texto a la señora Hanna-Elsbeth Dossmann de Stühmer,
en humilde agradecimiento por la hermosa planta de jacinto

Cuando tuve mi primera salida al patio desde que me habían puesto bajo “custodia preventiva” en la prisión para mujeres de la calle Barnim, encontré allí una señora de figura fornida, con fina vestimenta y que portaba una pequeña joyería en sus dedos y en su pecho que centelleaba con cada uno de sus movimientos. Con cara de enojada, los labios apretados y la frente surcada, caminaba en círculos sin cesar por el pequeño patio, la mirada clavada en el piso, dando pasos fuertes y resonantes con sus tacones ultramodernos que parecían protestar contra la amarga injusticia del mundo y de la autoridad militar. Cuando registró mi modesta presencia, me observó un buen rato con sus ojos ceñidos por la miopía hasta que finalmente se presentó y comenzó enseguida a contarme a viva voz sus penas. Era el caso típico, bien conocido: amigas celosas, una vieja venganza, luego una denuncia anónima por “actitud anti-alemana”, la detención, la cárcel… “Y ahora estoy metida en este calabozo miserable, quieren que me quede acá dentro con este hermoso clima de verano afuera: justo yo, la que no puede vivir sin la naturaleza.” Y me contó que todos los años emprendía un costoso viaje para disfrutar las puestas de sol en los Alpes del Tirol, que la llegaban a emocionar tanto que se ponía a llorar…

Resulta evidente que la señora vivía firmemente convencida de que la naturaleza comenzaba en los Alpes tiroleses y, en particular, con un espectacular atardecer. Si alguien le hubiera dicho que aquí, en la calle Barnim número 10, donde ella se encontraba parada o caminando, estaba en medio de la naturaleza desde la mañana hasta la noche, seguramente habría pensado que se estaban burlando de ella. Guardé silencio, sonreí amablemente y me despedí. Ahora quiero invitarla, bella dama, a que haga conmigo un pequeño paseo por este minúsculo reino de la naturaleza. Desconozco sus finos rasgos, pero ¿qué importa? Sé lo suficiente como para imaginarme lo más tierno. ¿Me permite que le cante con la misma educada reverencia que hace Leporello en el Don Juan de Mozart ante Doña Elvira cuando despliega su famosa lista?

Señora mía, si me permite.
Observad, leed conmigo

Leed conmigo.

Lo primero que veía al levantarme, durante los 365 días del año, es una desgastada medianera gris con la inscripción “Fábrica de vinagre Timner“ en letras grandes, parcialmente tapadas por las enredaderas. La chimenea de la planta, cubierta de hollín, humea con ahínco e inunda sin cesar el aire de la prisión con un olor agridulce que a veces, en los días grises, produce una fuerte picazón en la garganta. A la izquierda y a la derecha de la fábrica se encuentran coloridas hileras de edificios de alquiler muy antiguos, cuyas pequeñas ventanas están adornadas con geranios tísicos, jaulas de canarios y ropa de bebé, y por las que se escuchan –según el caso– gritos de niños, discusiones y riñas, el rasgueo de una guitarra o el chirrido de un gramófono.

. ¿Conoce usted, estimada señora, el “Fantaso”? de Arno Holz? Comienza así:

“Su tejado llegó casi hasta las estrellas,
Desde el patio tronaba la fábrica,
Se trataba de un verdadero inquilinato
Con pasillo y música de organillo.
En el sótano anidaba la rata,
En la planta baja había licor, grog y cerveza,
Y hasta el quinto piso tenía
La miseria del suburbio su lugar de residencia”…

Pero en la línea quebrada de estos techos, que se orientan todos hacia el Este, se produce cada mañana un espectáculo, que es el más hermoso y sublime desde la creación del mundo: la salida del sol.

Finales del otoño, cinco y media de la mañana. El edificio aún duerme, solo un segundo más permanecerá en silencio hasta que el alboroto de tintineos, golpeteos y ruidos de llaves de 500 existencias humanas rompan el dique del silencio de la noche como una oleada impaciente y llenen hasta el último rincón del enorme edificio. Falta un segundo. En este último suspiro de la noche moribunda verá usted brillar allí arriba, en el techo del edificio, una diminuta silueta de pájaro y, ¿escucha su dulce balbuceo? Es el estornino que todas las mañanas espera conmigo el gran espectáculo.

Reconstrucción del jardín de Rosa Luxemburgo por Antje Majewski

¡Adelante, ya comienza! ¿Ve, estimada señora, cómo el cielo se va tiñendo de rosa sobre la Fábrica de vinagre Timner, que hasta ahora era gris oscuro? De repente, un rayo rosado se dispara hacia la altura y toda una multitud de nubecitas van encendiéndose con cada vez más intensidad a su alrededor hasta convertirse en fuego vivo. La mitad del cielo está ya en llamas, flameando antorchas ardientes. Y en el centro, justo encima de la chimenea de la fábrica, se va abriendo paso el primer fulgor luminoso de oro por la marea de rojo encendido.

Es como la apertura de una ópera wagneriana. Primero, los violines vibran solos su escala y empiezan por el sonido más agudo, más finito, cada vez más deprisa, más pujante; luego interviene el timbre potente del oboe con el leitmotiv, después se entreveran bajos, flautas, clarinetes, luego los timbales retumbando, y finalmente tutti, toda la orquesta junta in crescendo; ¡un triunfo, una exaltación, un himno!… Así es como la orquesta de colores en el cielo suena y triunfa y se exalta silenciosamente sobre los muros grises de la calle Barnim. El sol, el sol se levanta sobre la Fábrica de vinagre Timner. ¡Sálvate, viejo y siempre joven sol y recibe mi saludo! Tan solo si tú me eres fiel, si puedo ver tu semblante dorado, ¿qué me hacen las rejas y el encierro? ¿No soy tan libre como aquel pájaro en el tejado que celebra agradecido al igual que yo? Y si algún día, en el incendio de una revolución rusa, me llegaran a llevar a la horca, entonces te pido que me ilumines en ese difícil camino y daré los pasos hacia mi última elevación con una sonrisa alegre como si fuera a una fiesta de boda.

Las siete de la mañana. Ya tengo permiso para bajar al patio, hasta las diez yo sola. Bella dama, ¿quiere acompañarme? Acá abajo ve el sencillo cuadrado de césped, en el centro nada más que un olmo solo y, a los lados, algunos arbustos. Eso es todo. Pero ¡cuánta abundancia cuando se observa más de cerca!

Mire acá nomás en el césped cubierto de rocío, si es tan amable de agacharse un poco, estimada señora. ¿Ve que está todo lleno de hojas de trébol? Fíjese cuán débil es su resplandor: azulado, rosado, gris anacarado, ¿no es extraño? ¿De dónde vendrá? Cada hojita está cubierta por gotitas de rocío minúsculas, en ellas se refracta la luz de la mañana e inunda las hojitas con ese destello de arco iris. ¿Intentó alguna vez armar un pequeño ramo con estos sencillos tallos de trébol de tres hojas? En un pequeño florero o un vaso lucen preciosos. Todos en apariencia iguales, pero un poco diferentes si se observa más de cerca cada hojita, al igual que en un árbol nunca se encuentran dos hojas totalmente iguales. Más grandes y más pequeñas, más claras y más oscuras, las hojitas del trébol, con su elegante forma ovalada, ofrecen una imagen viva, sumamente variada. Cuando le mandé por primera vez uno de estos ramitos de hojas de trébol a la directora para saludarla en la mañana, me preguntó más tarde con interés que de dónde los había sacado. Ninguna de las mujeres acá tiene idea de todo lo que crece y florece en su propio patio y cada vez que logré armar allí, con los recursos más modestos y un poco de arte, un ramo vistoso, me preguntaron: ¿de dónde? Claro que a partir de ese momento los ramitos de trébol se pusieron de moda y alguna que otra mañana he visto con mucha alegría a una u otra mujer agacharse ella misma en el patio para juntar rápidamente un puñado de tréboles…

Venga, estimada señora, recoja con las manos sus faldas y demos un paso cuidadoso en el césped mojado para llegar a esos arbustitos de por allá. ¿Ha escuchado hablar de la Weigela, el arbusto decorativo del norte de Alemania tan apreciado con sus racimos abundantes de delicadas campanitas rosadas? No tienen perfume pero alegran la vista, e incluso su gran follaje verde no carece de belleza. Las hojas jóvenes en la punta, como puede ver, se elevan hacia la altura, enrollándose en estrechas bolsitas. ¿Me permite que le acerque una de estas ramas con sus bolsitas en la punta? Mire hacia adentro con cuidado. Ahí adentro está durmiendo alguien escondido en la profundidad: una vaquita de San Antonio roja con cinco puntitos negros en el lomo. En el otoño puede encontrar a esta hora de la mañana una vaquita de San Antonio en cada una de las bolsitas de la Weigela. Todavía la mañana es demasiado húmeda y fría y uno suele entregarse al dulce dormitar matutino hasta que el sol se levanta un poco más.

Rápido, rápido, soltemos con cuidado las ramitas y alejémonos sigilosamente para no molestar a las pequeñas dormilonas…

¡Y ahora vamos allá con el arraclán! ¿Quiere arrancarle esta ramita marrón? Lo toma con valentía y luego retrocede asustada. Qué asco, ¡se siente tan blanda y pegajosa! La “ramita” se retuerce en el aire, molesta por la interrupción inesperada. Sí, estimada señora, disculpe usted la bromita: era una oruga. Y mire qué ejemplo increíble de mimetismo, que sigue siendo un enigma de forma, a pesar de Darwin y tantos otros. Puede ver que el arraclán, como todos los arbustos, tiene distintas ramas. Las más jóvenes son delgadas, color canela, lisas y brillantes; las más viejas, más gruesas, color marrón grisáceo y opaco. Y ahora el milagro: en cada ramita se encuentra una oruga, perfectamente mimetizada con ella en color y volumen: la que está aquí en el brote es delgada y marrón claro, la otra allá en la rama más vieja es más bien gris y gorda. Ah, y acá, de este lado vemos un fenómeno que se llama etiolación, que en otoño también se suele encontrar en los rosales mal cuidados: una rama gruesa, color verde blanquecina, que se erige toscamente, como un palo, encima de las demás ramas. ¡Y es increíble!, en ella se ve una oruga gorda verde y blanca que solo mirándola muy de cerca y prestando atención se puede distinguir del arbusto.

Estimada señora, ¿y qué comentario le merece esto? Si bien la forma y el color les son dados a estos bichitos por la madre “Naturaleza” o lo que nosotros así llamamos, la milagrosa. Pero elegir para el propio uniforme justo la ramita adecuada, a la que cada animalito se adhiere –sin tener espejo–, demuestra una especie de capacidad de distinción, un intento de engaño premeditado que casi roza con el código penal y formaría parte de los asuntos a los que se dedica su hermano menor, señora… Pero no es solo eso, sino toda la postura entera: el ángulo agudo con relación a la rama, en la que todas las orugas se ubican simulando un “ramita lateral”, su posición tiesa e inmóvil en el aire: todos estos métodos refinados tienen como objetivo engañar la vista aguda de los pájaros que están al acecho en las alturas.

Cuando se toca una oruga de estas con los dedos, se empieza a mover impacientemente y se deslizan pequeñas olas rojizas sobre su cuerpo cilíndrico, como si se estuviera enojando: trata de escabullirse de quien la está perturbando y volver a congelarse en su posición de faquir budista, que es la única que considera adecuada y digna. De modo que mejor dejémosla tranquila.

Mientras tanto, el sol ya se levantó y sus rayos alcanzan el pequeño cotoneaster allá en el portón de afuera. Estimada señora, ¿conoce usted este lindo arbusto decorativo con sus hojitas brillantes como cuero, parecidas a las del mirto y ubicadas de forma muy regular en cada rama? ¿Sabía que forman una corona de novia perfecta? ¡Qué lindo se vería una corona así verde en su cabecita, que me imagino adornada por una cabellera oscura frondosa! Este cotoneaster no solo me gustó a mí: una araña de jardín grande la eligió como su domicilio. ¿Ve acá abajo, en vertical entre las ramas, su enorme e impecable red recién tejida? ¡Con qué arte y consciencia la colocó justo a contra luz, para que la mosca despreocupada que se abalanza por ahí caiga en la trampa fatal encandilada por el sol! ¡Con qué hermosa claridad y exactitud de cálculo está dibujada la red mortal en el perfume azul dorado de la mañana otoñal! El soplo de aire juega suavemente con la construcción tambaleante que olea y tiembla, pero no se rompe, como un puente de alta montaña moderno, elástico y hecho del más fino tejido de acero, un milagro de la ingeniería. Allí en el rincón está sentada, acurrucada, la araña panzona contemplando contenta su obra y rechinando los dientes para esperar un abundante desayuno…

Ahora que ya se acerca el mediodía, por fin tomo mi Homero y “me retiro“ a la celda. El buen Homero estuvo esperándome todo el tiempo pacientemente en el banco. Usted seguramente conocerá la maravillosa sensación de tener un buen libro al alcance de la mano y que uno… y no leerlo. Cuántas veces me busco un buen libro para la noche con la idea de que me acune suavemente para ayudarme a dormir. A veces tardo en encontrar algo adecuado. Luego lo deposito en la mesita al lado de mi cama y: no lo toco más. Su cercanía ya me es suficiente. La Ilíada me acompaña entonces todas las mañanas en mi paseo por el patio, pero en este otoño no llegué más allá de la arenga despectiva de Tersites. Pero, ¿cuál es el problema? Tersites murió hace rato, pero la araña aún está viva, ella comparte conmigo el corto momento de existencia que a ambas nos confirieron los dioses.

La tarde en la cárcel pasa muy rápido. Ahora en otoño, las cuatro de la tarde vienen siempre teñidas por la puesta de sol que se acerca. Y es justamente esta última linda hora de pleno sol la que día a día eligen las palomas, que anidan en el edificio al lado de la fábrica de vinagre, para emprender un alegre vuelo en sociedad. ¡Mire, estimada señora, cómo se hamacan dibujando círculos en la altura, siempre sobre la casa, cómo aplauden con sus alas y absorben de forma deslumbrante la luz del sol en el interior de sus alas, blanco como la nieve! Ahora se posan por un rato todas juntas en el techo –como un ramo de magnolias grandes de distintos colores: blanco, marrón, azul acero–, luego se vuelven a elevan en el aire para otra docena de rondas respondiendo a alguna orden, todas juntas en fiel compañía. Es que hay que aprovechar el día para disfrutar la dulce luz natural antes de que se acabe. Y una ronda más y otra más …

El ruido que zumba, jadea y late en el interior de la enorme prisión alcanza su punto culminante. Parecería como si estuviera redoblando la apuesta al final del día. Aturden el tintineo apurado de las llaves y los golpes de puertas. Por fin, la última campanada retumbante termina con el sufrimiento: uno-dos-tres, y, como cortado con una gran tijera, el ruido calla. El inicio de la calma nocturna es tan abrupto y repentino que mis nervios reciben un shock una y otra vez y me hacen sentir un dolor punzante en mis sienes. Pero ahora reina el silencio. El pecho respira aliviado, el patio enmudecido y el gran edificio silencioso parecen estar de repente totalmente cambiados, pensativos y soñando…

¿Ya me quiere dejar, estimada señora? Oh, por favor, ¡quédese un ratito más! Usted está mirando curiosidad mi sonrisa pícara, mis miradas hacia arriba. Sí, allí arriba se producirá aún un acto central del espectáculo que me permití encargar para usted. ¿Ve cómo allá arriba en el cielo se van juntando suaves nubecitas rosadas? ¡Dios sabrá de dónde provienen! Por el cielo que estuvo despejado y celeste, ahora rondan banderitas que brillan del color rosa más delicado, tan pacíficas como una sonrisa, tan diferentes de las nubes rojas de la mañana. El fuego oscuro del amanecer tiene algo de los dolores de parto, de la tragedia sombría de la sospecha. Estas nubecitas de la tarde son como niños inocentes jugando, como el sonido de las campanas del Ángelus de una iglesia de pueblo.

El cielo entero se ondula y sonríe en color rosa. El escenario está preparado, el espectáculo puede comenzar. Tin-tin-tin… ¿Escucha los sonidos metálicos en la altura, como un fino tornillo de plata? ¿Y ve los bucles oscuros encenderse de golpe a una altura vertiginosa? ¡Son golondrinas! Como últimas invitadas del día todas las tardes de otoño brindan su juego aéreo vivaz entre las nubes rosadas antes de despedirse para viajar a Egipto, a [¿África?]. ¡Con qué coraje y libertad se dejan caer al abismo y se disparan por el espacio luminoso! Tin-tin-tin se escucha en la altura sin cesar, ¡adiós, adiós! Ya pronto nos vamos, pero volvemos el año que viene, tin-tin-tin..

Mörike decía que las golondrinas sabían “cantar“ sentadas en un árbol. ¿Conoce su poema “Una hora antes del amanecer “?

Aún estaba acostado durmiendo,
Habrá sido una hora antes de comenzar el día.
Cantaba frente a mi ventana en un árbol
Para mí una golondrina, apenas la oía.

Una hora antes del amanecer:
“Escucha lo que te digo,
A tu amada la acuso,
Mientras esto canto,
A su amante abraza con toda tranquilidad
¡Una hora antes del amanecer!…“

¡Oh, no! ¡No hables más!
¡Calla, no quiero escuchar más!
Vuela, sal de mi árbol.
Ay, el amor y la fidelidad son como un sueño
Una hora antes del amanecer…

¿No es un poema hermoso? Tan sencillo e impactante, como una canción popular. Eso sí: jamás vi golondrinas cantando sentadas en un árbol. El único sonido que conozco de la golondrina es ese tin-tin-tin mientras juegan al atardecer volando en las alturas.

Y así de repente como comenzó, el juego se termina. Las golondrinas desaparecen, las nubecitas rosadas se apagan. El anochecer y el silencio bajan con su frío a la tierra. Sobre la fábrica de vinagre Timner aparece sufriente la cara pálida de la luna. Abajo en el patio, el gato Mulle sale con pasos sigilosos a robar. Tiene un aspecto tenebroso, como el de un mago, casi me da miedo; es que tiene en sí algo de los secretos de la noche … Ahora se desliza silenciosamente por mi ventana una sombra oscura, el murciélago…

El día terminó, pasó, nunca más volverá. Se hunde como una perla en el océano de la eternidad…

Bella dama, ¿me permite ahora que le tome la mano para acompañarla a su casa? Acá ya está su mansión, cubierta de parras. Les agradezco muchísimo su amable visita a las aireadas salas de mis fantasías y acepte lo poco que tuvo para ofrecer esta pobre presa. Incluso un rey al fin y al cabo no puede honrar de mejor manera a su invitado que poniéndole a sus pies el sol, la luna y la tierra en todo su verde esplendor.

¡Buenas noches, estimada señora!

Traducción: Katrin Zinsmeister

*Publicado por primera vez en alemán en: Jörn Schütrumpf, Rosa Luxemburg – Die Liebesbriefe [Rosa Luxemburgo – Las cartas de amor], Berlín, Dietz Verlag, 2012.

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