30 Jun
2017

En nombre del hambre, la modernidad, la ciencia, la tecnología, y la pujanza del sector, se están poniendo en marcha diversas estrategias que legitiman el desmantelamiento campesino e indígena en favor del sector agroindustrial del país.

Por: Nohely Guzmán Narváez


Los últimos 10 años, Bolivia ha atravesado múltiples e importantes facetas que han cambiado de manera drástica y acelerada los panoramas desde los cuales se puede pensar la soberanía alimentaria. Dentro de estos, los transgénicos se sitúan como un eslabón que anuda injusticias, desigualdades, y sobre todo, asfixias tanto ecológicas como sociales, que se ven más acentuadas alrededor del sector rural.

Las demandas de tierras, en el contexto nacional, significan y representan históricas disputas y emancipaciones, mismas que los procesos políticos actuales han debilitado considerablemente. Más de ocho fueron los años de arduas resistencias que antecedieron la aprobación de soya transgénica en el país en 2005, y sin embargo, hasta la actualidad se están haciendo esfuerzos por permanecer y resistir a ese modelo agroalimentario global, en tanto éste atenta contra las condiciones y posibilidades de producción de la vida.

Tanto a nivel global como local, existe mucha presión sobre la agricultura y la tierra, y en nombre del hambre, la modernidad, la ciencia, la tecnología, y la pujanza del sector, se están poniendo en marcha diversas estrategias que legitiman el desmantelamiento campesino e indígena en favor del sector agroindustrial del país.

Así, y siendo la acumulación de tierras la condición básica para la producción de transgénicos, la frontera agrícola se ha expandido a un ritmo vertiginoso y demoledor, que de la mano de la élite más vieja del país, desconoce vitalidades y fragilidades, y que por tanto, representa un eje angular de destrucción que –cada vez más- está obligando a repensar los horizontes de la alimentación en un sistema de empobrecimiento y hambre como es el agroindustrial.

Simultáneamente, el mundo está experimentando múltiples crisis, y quizá una de las más importantes, es la del consumo. Los cuestionamientos, inconformidades y exigencias crecientes de alimentos saludables no son un tema menor, pues están disputando –desde distintos flancos- el derecho a la vida.

Las retoricas y estéticas que han sido capturadas de las luchas históricas, y utilizadas por los gobiernos de turno en los países de la región, han neutralizado y vaciado de significación los lenguajes y símbolos sociales populares, para dar lugar a una re-construcción del orden de dominación hegemónico y expansión del poder capitalista, garantizando las condiciones necesarias para la reproducción del mismo.

En este sentido, la presencia de la soya transgénica en aproximadamente el 37% de las tierras cultivables del país, es en sí misma la muestra de la entrega de la tierra al servicio del capital, que siendo nacional o transnacional, opera mediante la desposesión del sector popular, indígena y campesino.

Sin embargo, considero que es en estas crisis en las que no debe perderse de vista la tenacidad de la fuerza y las pugnas sociales emancipatorias. Las posibilidades de transformación son heterogéneas, y con recursos propios y  mucha creatividad, se están re-creando constantemente.

Por esto, considero que el reto actual pasa por recuperar la fortaleza y re-habitar las luchas históricas, como una forma de organizar la esperanza del presente, para la germinación del futuro.

 

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