El fracking en el vórtice de la polémica ambiental

La técnica de extracción es el fracking o fractura hidráulica, que utiliza enormes volúmenes de agua mezclados con arena y productos químicos, que pueden ser nocivos para la salud y el medio ambiente. La metodología consiste en una perforación vertical entre 100 y tres mil metros, seguida de hoyos horizontales a unos mil metros a todo lo largo de la formación rocosa, donde usualmente se inyectan por pozo entre 76 mil y 300 mil litros de agua y arena a presión (a un gradiente de 18 kiloPascales por cada metro de profundidad), que a su vez fracturan la roca y de esa manera se libera el gas.

Aunque los compuestos de la formulación no están descritos con precisión aún en ninguna literatura científica, se presume que alrededor de un dos por ciento del total inyectado en la roca esté constituido por benceno, xilenos, cianuro, algunos metales pesados como plomo, mercurio y otros elementos radioactivos que eventualmente pueden aparecer en la superficie de las inmediaciones donde se realizan las extracciones.

Geólogos y demás especialistas consideraban al gas natural extraído de depósitos convencionales como posible combustible de transición hacia las reservas independientes de carburantes, pues como fuentes generadoras ingresan menos cantidad de dióxido de carbono a la atmósfera. Pero ante la aparición del también conocido gas de pizarra, las grandes trasnacionales comenzaron a hacerle reverencia a este nuevo combustible fósil, dadas las sustanciales reservas diseminadas en el planeta.

Con extensos yacimientos en Estados Unidos, sus \"fortalezas\" fueron enumeradas en los años 80 de la anterior centuria, y al unísono engavetadas por el alto costo de su extracción en aquel momento. Dos décadas después resurgió la posibilidad de explotación comercial de ese gas. Diversos cálculos estimaron su durabilidad por dos siglos y medio, según estadísticas de la Agencia Internacional de la Energía. Por tales razones, países como Estados Unidos aumentaron su producción del 10 al 20 por ciento, con posibilidades de ampliarlas aún más para 2050.

Varios estudios realizados por académicos de la Universidad de estadounidense de Cornell y publicados en la revista Climatic Change, comenzaron a rechazar la propuesta de utilización de los yacimientos del también denominado shale gas. Su técnica de extracción no cumple los requisitos ecológicos dispuestos por autoridades internacionales debido, sobre todo, a la toxicidad extrema de las sustancias utilizadas, alegan.

En sus valoraciones demostraron que los gases de esquistos son más contaminantes que el petróleo y sus análogos convencionales, pues libera metano, un gas con un efecto invernadero 25 veces más potente que el dióxido de carbono, según cálculos científicos. Sus emisiones nocivas paralelas son al menos un 30 por ciento mayor e incluso llegan a ser el doble que las del gas convencional, subrayaron los autores.

No obstante los productores persisten en la utilización de la técnica y plantean que la instauración global de las energías sustentables tiene un elevadísimo costo, sin tener en cuenta las consecuencias negativas del fracking para la atmósfera.

Greenpeace, una de las organizaciones ambientalistas más intransigentes en sus proyecciones, alerta de que casi el 80 por ciento del fluido inyectado vuelve a la superficie como agua de retorno, y el resto queda bajo tierra, donde permanecen atrapados aditivos y subproductos del proceso, entre ellos metales pesados e hidrocarburos.

Otras investigaciones a raíz de la polémica medioambiental, entre esas una publicada en la revista especializada Proceedings of the Nacional Academy of Sciencies, demuestran el impacto negativo para la salud de esta técnica.

Existen pruebas de contaminación de agua por metano asociadas a los flujos de extracción, tras el análisis de 68 pozos subterráneos en localidades estadounidenses de Pensilvania y Nueva York, zonas de mayores perforaciones en esa nación norteamericana. En lugares próximos a ellos aumentan las concentraciones promedio y máximas de metano en pozos de agua potable, subrayan.

Estos indicadores cuestionan el argumento de la industria de que el gas de esquisto puede llegar a sustituir al carbón en la generación eléctrica y, que por lo tanto, podría ser un recurso serio para mitigar el cambio climático.

La autora es periodista de Prensa Latina.

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