Suicidándonos de a poco

Ya hemos denunciado la deforestación imparable que llevan adelante capitalistas brasileños asociados a terratenientes bolivianos en la selva amazónica del departamento de Pando. Los datos que pueden leerse en la mismísima página web del Viceministerio de Tierras son escalofriantes. Nos estamos quedando sin selvas, sin biodiversidad, sin vida. Si seguimos así, la Amazonía pandina –que era la mejor preservada de Bolivia– será un recuerdo y nada más.

Otra maravilla natural, que sólo veremos en películas y fotos, serán los glaciares de las Cordillera Real y los más desconocidos de la Serranía Murillo. Lo más dramático es que de ellos, y de las lluvias, depende el suministro de agua para el conjunto poblacional más grande de Bolivia, el que forman las urbes de La Paz y El Alto.

Si recorremos el país entero, cada boliviano podrá señalar su propio desastre ecológico, sentido y vivido a diario.

Somos tan frágiles en nuestra diversidad que en Bolivia a nadie le hace falta ver la película de Al Gore para abrir los ojos (como vimos que la exhiben en sus talleres los promotores del REDD, el Programa de Reducción de Emisiones de Carbono causadas por la Deforestación y la Degradación de los Bosques, aquí en Bolivia, “para motivar” a los compañeros esse ejjas y tacanas de Beni, que se duermen de lo lindo, como cualquiera lo haría frente a la más de hora y media de hipocresía que hay que tragarse de boca del ex vicepresidente yanqui… mientras las empresas madereras siguen asolando sus territorios). Aquí sólo hace falta que veamos a nuestro alrededor y tomemos conciencia de nuestra alarmante y triste realidad.

El mundo, por su parte, se prepara para la ultra publicitada primera conferencia mundial sobre cambio climático que se realizará el mes de diciembre en Copenhagen, la capital danesa. Estos encuentros son sólo testimoniales.

Testimonian lo absurdo que puede ser el mundo dominado por las potencias ricas y capitalistas (responsables históricas de la contaminación planetaria y la activación acelerada del cambio climático) y lo estúpido que somos aquellos que somos pobres y críticos de tanta locura pero seguimos reproduciendo, a nuestra escala, el mismo modelo que nos ha llevado a esta crisis ecológica planetaria y donde, para colmo, somos los que más la padecemos.

No hay que esperar nada nuevo bajo el sol de diciembre en Dinamarca.

La campaña que impulsan organizaciones conservacionistas globales y detrás de la cual se ha embanderado Lula –justo él– para impulsar la deforestación cero de la Amazonía a partir del año 2020, es una burla o algo peor. Para esa fecha, si las grandes obras de infraestructura que impulsa Brasil en el marco de la iniciativa IIRSA se concretan, si los planes extractivas de los demás gobiernos de la cuenca continúan, la deforestación cero vendrá a ponerle una lápida cínica a un territorio donde ya no habrá más para desboscar, simplemente porque ya no quedará ni un solo árbol en pie.

El deseo boliviano de consolidar la creación de un tribunal ético para condenar a los violadores de los derechos ambientales de la humanidad –cuya primera sesión ya tuvo lugar hace muy poco en Cochabamba–, son sólo buenas intenciones y seguir tirando la pelota afuera en vez de ponernos a defender el medio ambiente en nuestra propia cancha.

¿Por qué no damos el ejemplo al mundo y empezamos a salvar lo que es nuestro? ¿Por qué no juzgamos aquí a nuestros propios criminales ecológicos? En el norte del país, y sólo a modo de ejemplo: ¿Por qué no detenemos el proceso de deforestación irreversible de la Amazonía boliviana? ¿Por qué no paramos a los ganaderos impidiendo que no quemen un metro cuadrado más de selva? ¿Por qué no aplicamos el artículo 392 de la Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia y sancionamos el delito penal de talar árboles de castaña y goma? ¿Por qué no hacemos algo útil, digo yo, algo por el cual nos podamos ir a dormir tranquilos, al menos hasta mañana?

En Bolivia, estamos de verdad frente a un dilema, y que no lo resolverán ni los talleres de los consultores que aman a Al Gore ni las conferencias internacionales, ni mucho menos las palabras de los que gobiernan. Nosotros, la gente, el pueblo, usted que lee, también tiene que sentirse parte de lo que se blablableará en Europa o de lo que se decide en la Plaza Murillo o en cada uno de los municipios y prefecturas. De ello dependerá encontrar el camino hasta llegar al Vivir Bien que queremos todos o seguir en la ruta demencial de no saber nunca a dónde vamos e ir suicidándonos de a poco, como sociedades, como culturas y como seres humanos.

Río Abajo, 5 de noviembre de 2009

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Fobomade

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